Up close & personal (Parte II) Flashback al verano más largo

Es algo paradójico escuchar la canción Creep de Radiohead para comenzar a escribir, es mera casualidad, pero creo que es una señal para empezar la historia de nuevo.

Os mostré un momento decisivo, el instante en que por primera vez en mi vida me enfrentaba a mí misma, a mis mentiras, a mi familia y a una maldad hiriente y dañina de cuya existencia desconocía. Pero antes de aquel día se desarrollaron muchos más acontecimientos, no tan impactantes desde la experiencia ajena ni tan terribles. Porque mucho antes de que me hicieran cambiar, pude hacerlo por mí misma.

Os invitaba a recordar vuestros 17 y 18 años, ese año de entrada en la facultad y al que llamamos “el verano más largo”. Ese que llega después de sufrir por la selectividad pero que nos da la libertad y la emoción de esperar a nuestro futuro mejor en la universidad cuando llegue octubre. Ese el año en el que se supone que nos hacemos adultos por ese paso académico y porque legalmente se nos reconoce como tales. Eso demuestra una vez más, la cantidad de presuposiciones que hacemos. Pero en fin, en ese año yo realmente cambié.

Por desgracia o por fortuna mi cumpleaños sucede a principios de año, lo que me deja en la posición de ser normalmente la mayor entre mis compañeros y amigos, pero en aquel año en mi mayoría de edad una idea ya empezó a calar en mí. Algo no iba bien. Por aquel entonces llevaba ya 6 meses con mi novio (sí, terminado en “o”) y era el chico ideal para amigas y madres: guapo, listo, cariñoso, amable, con un futuro prometedor. Hasta la diferencia de edad, 6 años más que yo, se había ignorado sorprendentemente sin que mis padres protestasen. Sin embargo, yo sabía que aquello no estaba bien. La pareja ideal que muchos veían a mí cada día que pasaba me resultaba más incómoda e insoportable.

Otra idea confusa comenzaba a torturarme, un sentimiento que creía haber superado y encerrado en los baúles de la conciencia y la culpabilidad, algo que sabía que por más escondido que pudiera estar, volvía a la superficie. Por más que lo negase categóricamente era inevitable: me gustaban las chicas. Esta idea parece hoy simple e inocente, pero para mí era tan aterradora y monstruosa que sólo podía intentar evitar su encuentro.

Quizá por el ambiente liberal y bohemio de mi instituto, en el que nadie te prestaba particular atención vistieras cómo vistieras o llevases los piercings y tatuajes que se te antojaran, o porque las clases de dibujo eran horas de charlas informales sobre sexo y sexualidad. De alguna forma, mi interior atormentado comenzó a entrever que cabía la posibilidad de que no fuera algo tan terrible y que, aunque complicado, podía salir de la oscuridad sin que ocurriese una catástrofe. No sé qué factor me impulsó a ello, pero poco a poco fui reconociendo qué era lo que verdaderamente sentía.

En aquella época estos temas eran algo más que tabús, pero por suerte comenzaban a florecer foros y chats en internet, el único recurso para no hablar abiertamente y para comprobar que existían personas que igual que yo, se sentían culpables por tener sentimientos que el mundo demonizaba.

En la primavera me deshice de gran parte de los remordimientos y la culpabilidad, yo misma me aceptaba. Y eso era muy importante. Pero había algo urgente y que debía resolver, no era justo intentar tener una relación que no se sostenía cuando por más esfuerzos por parte de él, yo ya sabía que el fallo no tenía solución. Así que decidí contárselo.

No, no era un acto de valentía, pues nunca he tenido valor. Un día decidí contarle qué nos estaba pasando y por qué no funcionaba, podían existir mil motivos extras pero le conté para mí el más importante: “también me gustan las chicas”. “También”, es difícil asumir algo así cuando tienes que decirlo, y suficiente dolor produce saberlo y decirlo cómo para presuponer qué efecto devastador puede causar en otra persona, las cosas debían ser suaves.

Ojalá él no hubiese sido el chico bueno e ideal que todo el mundo veía, ojalá hubiese comprendido que esa confesión era un punto y final y no una coma en nuestra relación. Debería haberme gritado, debería haberse enfadado y haber cortado por lo sano con aquello. Eso era lo que yo quería, evitar tomar la decisión y convertirme en la pervertida que dejó al bueno de su novio a quien todos compadecerían mientras yo me dedicaba al libertinaje demoníaco. No, no ocurrió así, tuvo que ser comprensivo y generoso. Tuvo que decir que no le importaba y que lo seguiríamos intentando. Yo por mi parte, no sabía cómo poner fin a eso.

Me llevó aún unos meses más, yo ganaba confianza en mi nueva identidad secreta mientras el periodo de estudios y los exámenes llegaba. “¿Cómo lo vas a dejar en esta época? Vas a hacer que suspenda y no se licencie este año”… Así el tiempo de terminar con las mentiras se fue prolongando y algo peor me acechaba, el aniversario. Un aniversario, un año en el que la mayor parte de ese tiempo había estado intentando boicotear mi propia relación, eso era demasiado. Sin embargo, llegó. “¿Cómo se afronta un momento que debe ser de alegría y felicidad, lleno de romanticismo, mientras intentas decir esto se acabó?”, os preguntaréis. Pues bien, no se lleva. Mi recuerdo de aquel día es un tremendo dolor de cabeza, un ataque de migraña tal que me dejó en cama todo el día. ¿Culpabilidad? Podéis apostar que sí. Pero el periodo de exámenes terminó y antes de que salieran las notas decidí que ya no podíamos seguir así. Yo había terminado la selectividad, iba a tener 4 meses de verano para configurar mi nuevo mundo y él no se merecía una lenta agonía. Por fin, una tarde me atreví a decírselo.

Después de mi flagrante cobardía debería haber sido una persona clemente y romper definitivamente toda relación. Añadamos otro grave error a la lista, pues me sentí incapaz de decirle que era el final, punto y final, que ya no habría forma de continuar dónde no había qué continuar. No obstante, como gesto de piedad me vi inevitablemente forzada a decir que necesitaría un tiempo para mí y meditar sobre todo. Pura mentira, ya que llevaba más de 6 meses convencida de aquello. Gesto de piedad que más bien resultó todo lo contrario. De cualquier forma a partir de aquel momento era libre. Por fin libre para mí misma. Ahora podía comenzar a reconstruirme y además, era verano.

Aquel verano no había ni campamentos ni viajes, la agenda estaba vacía excepto por los días obligatorios de playa familiar, pero no importaba. Por suerte los eventos de la ciudad llenarían mi mes de agosto y septiembre, el previo a la deseada facultad. Gracias a las casualidades de la vida fui a parar al voluntariado deportivo y en concreto, a la traducción voluntaria. Así que pasaría el verano hablando inglés con atletas profesionales y danzando de un lado a otro con plena libertad. El plan era perfecto, conocería a mucha gente nueva, tanto de la ciudad, amigos de amigos, como del extranjero. Sin embargo, un pequeño detalle del pasado decidió reaparecer. Mi , en aquel momento ya “ex”, pensó que ese tiempo sería ideal para intentar reconquistarme (ya he mencionado los esfuerzos que él dedicaba a nuestra relación) y resolvió que sería la mejor ocasión para estar cerca de mí. Mala idea. Lo que en principio iba a ser un espacio nuevo para mí terminó por llevarme con más asiduidad a recorrer todas las instalaciones deportivas, a conocer a más gente y a ofrecerme a otro tipo de tareas con tal de alejarme de él. Así, un día en el que llegaban nuevos atletas, la conocí.

Al margen de todo el trajín que suponía la llegada de nuevos participantes me fijé en ella inconscientemente, su acento y su camiseta con la hoja de arce llamaron demasiado mi atención y entablé conversación con ella. Así comenzamos a hablar cada vez que nos cruzábamos por las instalaciones. Por suerte, los exámenes de septiembre apremiaban y él se había retirado del voluntariado casi totalmente, lo que me quitaba un gran peso de encima. Sin darme apenas cuenta me fui acercando cada vez más a ella, y quien quería encontrarme se encontraba forzado a buscarme siempre entre las banderas canadienses. Hasta el último día.

Las competiciones deportivas terminan, en caso de que lo desconozcáis, con una gran fiesta en la que los atletas se desahogan de todo ese tiempo de concentración alejados del alcohol y las grandes juergas. Y en esta ocasión, no iba a ser menos. Recuerdo aquella fiesta muy bien. Los voluntarios llegamos antes que la mayoría de los deportistas y pocos nos habíamos relacionado con ellos, por lo que cuando llegó mi equipo fui la única que se acercó a hablar, felicitarles y pasar algo de tiempo entre ellos. Podéis intuir que ella se encontraba allí, pero quizá lo que no sabéis es que para mí se había convertido en una amiga, aunque nos separasen 6 años de edad. En el transcurso de la noche pasé de un grupo a otro hasta quedar cada vez durante más tiempo entre los deportistas y prácticamente hasta que cuatro de nosotros nos quedamos separados de los demás. Ella caminaba a mi lado mientras unos pasos atrás un amigo suyo conversaba con…él. Era la fiesta final y no había querido perdérsela. ¿Cómo podía estar ahí! Eso nunca lo sabré, pero deseaba que estuviera en cualquier otro lugar, tanto que ella notó mi preocupación. Se lo conté. Le conté pocos detalles, pero ella comprendió y pusimos más distancia entre nosotros. Cuando nos paramos con suficiente distancia estábamos en el puente. Sin saber cómo, me besó.

En aquel instante hubo flashbacks y flashforwards, había confusión y felicidad, no podía reaccionar pero de repente todo encajaba y todo tenía un sentido. Ella vio mi reacción y sólo acertó a decirme: “lo he estropeado todo, ¿verdad?”. “No, más bien lo has arreglado todo” me limité a decir.

Con una sonrisa llegamos hasta el resto del grupo, por fin se habían mezclado unos y otros y todos tenían ánimo y ganas de fiesta, a lo lejos aún no había aparecido él y aquel amigo útil. Así que mirándonos fijamente decidimos, ella y yo, desaparecer.

A la mañana siguiente fui a ver a mis amigas, una por una, les conté lo que había pasado, les conté la verdad. Me abrazaron todas y cada una de ellas y yo me sentí feliz y aliviada, aunque con el miedo de que una tremenda soledad me acompañaría desde ese mismo momento.

Acerca de Blogger-a-sueldo

No suelo seguir el curso normal de las cosas, eso siempre ha sido algo innato en mí.¿Por qué?A eso ya no podría responder, pero no es cuestión de rebeldía. Simplemente…es así. Hace ya un par de años, como viene siendo común, emigré de mis tierras queridas del sur para buscar una vida mejor en la capital. Pero no es todo tal y como lo cuentan. Da igual dónde te encuentres, becario eres y becario serás. Realmente deberían darle un “premio” a aquél que en su día dijo: “Vamos a poner a uno aquí que sea becario, así le pagamos una mierda y nos ahorramos una pasta y lo ponemos a currar como cualquier otro”. Bajo esta premisa, ¿qué hacemos? Una solución parece ser es emigrar a Alemania o buscar trabajo de amplio espectro (desde las cafeterías a las oficinas) porque para ser becario hoy en día necesitas como mínimo una licenciatura máster. Y digo como mínimo, porque ya hay personas que los acumulan, porque así al menos, tienes más papeles que malgastar para el cv…. Así que en la búsqueda de algunos eurillos que paguen las cañas de los viernes en la que maldecimos al mundo y ahogamos penas, decidí convertirme en blogger a sueldo. Ver todas las entradas de Blogger-a-sueldo

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