Up close & personal (Parte III) La época feliz

Volver al pasado. En principio es una idea sencilla, es un procedimiento fácil y simple. Sin embargo, cuando comenzamos a bucear en los recuerdos comprobamos que las aguas son mucho más profundas y oscuras de lo que imaginamos. No en un sentido negativo y turbulento, sino en una corriente de imágenes y vivencias a menudo inconexas. Aún con esta sensación de sumergirme en mi memoria, intentaré que la continuación de mi historia prosiga, porque no todo ha sido turbulento, también he sido feliz.

Os dejé en el momento clave de aquel verano de la introducción a la madurez (asignatura obligatoria y sin créditos de libre configuración) previo a la universidad. Momento en el que confesé mis recientes pecados y mis auténticas intenciones a mis amigas con la sensación de que a partir de ese instante me sentiría más sola aunque arropada, pues no conocía  nadie que sintiera lo mismo que yo y desde luego, no sabía cómo iba a encontrar a alguien que comprendiera cómo me sentía realmente. Así se iniciaron los días de facultad, con la secreta esperanza de conocer a gente nueva que entendiera mi forma de ser pero resignada a seguir en el silencio de no reconocer ni negar nada públicamente.

Con gran rapidez pasaron los primeros meses de clase. Habituarte al ritmo de la facultad, hacerte con un pequeño grupo en la clase, cambiar tu ritmo para adaptarte a prácticas a deshora y a trabajar en grupo… Sin darme cuenta otro cumpleaños se acercaba y con los 19 el cambio del año anterior ya era algo instaurado. Vinieron los exámenes, los primeros sustos y las primeras decepciones por comprobar cómo cambiaba el mundo del instituto al universitario y las horas y horas de bibliotecas, de ganar batallas por un lugar en las 24 horas y resistir estoicamente hasta la hora del café.

Una vez pasaron los días de exámenes y la semana blanca volvían las clases y de nuevo un ritmo al que habituarse, pues se acerca la primavera, época especial para la clase estudiantil universitaria. Previo a la primavera mis noches de chateo tuvieron un giro inesperado. En aquel tiempo utilizábamos el Messenger como forma de comunicación suplente del teléfono, ya se podían configurar fondos y colores en las conversaciones y si eras afortunado, tenías una webcam decente que no se paraba demasiado con las videoconferencias. En las noches solía aprovechar para conectarme hasta bien entrada la madrugada y charlar con mis amigos, pues era además la hora en la que no tenía que compartir el ordenador. Y una noche una conversación se interrumpió inesperadamente.

Estaba hablando con mi mejor amiga, a la que me habían unido aún más las intensas horas de bibliotecas y almuerzos en la facultad pese a ser de estudios muy diferentes. No sé cómo derivó la conversación pero hablábamos de amores platónicos. “Yo tengo un gran amor platónico pero sé que es imposible” decía ella, a lo que yo realmente me negaba ¿Ella un amor platónico?¡Eso sí que es imposible!. Así que intrigada por aquello comencé a preguntar. Sus evasivas aún causaban más curiosidad en mí, por lo que seguí insistiendo:” ¿Pero quién es?¿Por qué no me lo dices?¿Lo conozco?¿Desde cuándo?”. Mis preguntas se interponían en nuestra pantalla y yo no atendía nada más que aquella conversación, la duda y la expectación me asaltaban. ¿Quién sería? Sin duda era alguien de quien nunca habría sospechado, ya que nunca se me habría ocurrido esa posibilidad de “un amor platónico”. De repente una idea cruzó por mi mente, justo antes de leerlo en la pantalla. Algo para lo que no estaba preparada y una respuesta que no habría creído si alguien más lo hubiese dicho. En aquella conversación lo único que había escrito era: “Tú”. Desconexión.

Se había desconectado y yo continuaba con mi cara atónita e incrédula. ¿Yo? Eso…no puede ser. No hice más que repetirme eso durante un minuto que pareció extenderse un siglo en el tiempo. Mi única reacción fue llamarla al instante.  Por suerte, respondió al teléfono. “¿Por qué has dicho eso?¿Es en serio? Pero si tú no eres…”, no es que mi argumento fuera el mejor ni el más adecuado. Lo único que era capaz de sentir en aquel momento era sorpresa, auténtica y absoluta. Mi mejor amiga acababa de declararse, de una manera un tanto posmoderna, pero había manifestado sus sentimientos por mí directamente y yo no podía reaccionar. Terminé tranquilizándola, pues su confesión no iba a incidir en nuestra relación y ésta ni siquiera sabía cómo iba a ser a partir de ese momento. Sin embargo, aquel acto de valentía fue el inicio.

Las grandes historias de amor no suceden como en las películas, no esperéis una gran banda sonora que anuncie el momento y éste puede suceder cuando menos lo esperéis. Quizá es la última mirada al despedirse, cuando tienes la esperanza de que seguirá atenta a que te gires y le dediques una sonrisa, o el instante que se prolonga durante eones mientras sientes el roce de su piel por primera vez.  Tampoco esperéis reconocerlas en ese mismo momento, sólo cuando el tiempo pase seréis capaces de identificar en qué instante todo comenzó y para mí, todo empezó desde una inocente conversación por Internet.

El principio fue bastante tímido, hablábamos sobre qué pasaría, qué dirían las demás cuando se lo dijéramos… Todo de una forma difusa y abstracta. No había imaginado que las cosas sucedieran así, pero estaban pasando frente a mí y seguía sin saber reaccionar. Pero el momento llegó. En nuestros días del “qué pasaría” cada vez pasábamos más tiempo juntas, a solas sin llamar a las demás, sin avisar y de forma natural. Una noche, medio a hurtadillas buscábamos alguna película para ver en su casa, pero los cds no daban para mucho y el visionado online no era una opción disponible por aquellos años. Así que nos dispusimos a ver el único cd que nos llamó la atención: South Park. Estaban bien, eran capítulos que no habían pasado por televisión y mejores que los primeros… Me besó. Ella me besó y yo respondí. Y a partir de aquel momento dejó de ser mi mejor amiga. No me sentía culpable por romper ese lazo que nos unía, porque en ese mismo instante, ese lazo se hizo más fuerte. Volví a casa con un subidón de adrenalina y la cabeza echa un lío, pero un caos de felicidad y nuevas emociones.

Recuerdo la primera vez que sentí que la amaba. Las fechas tienen poca fijación en mi memoria, los datos se trastocan y varían, pero hay escenas que en principio pueden parecer insignificantes y que para mí quedan fijadas en la memoria. Un día en mi habitación la miré y sin pensar sonreí y le dije: “te quiero”. A partir de ese momento todo cambió y un día de primavera me di cuenta de que Ella se había convertido en un todo para mí. Todo tenía sentido por Ella y las horas merecían la pena sólo por estar a su lado. Pronto comencé a saltarme las clases de los viernes para pasarlos juntas, escapábamos de la biblioteca para estar a solas, íbamos a todos sitios juntas… Y sólo nuestros amigos más cercanos sabían realmente qué estaba pasando.

Un día de festividad en la facultad acordamos reunirnos con mis compañeros de clase y acudir a las obras y conciertos que se estaban celebrando, por lo que antes de la hora convenida tendríamos tiempo para nosotras, sin clases y sin necesidad de estudiar. Con la hora apremiante en el reloj, antes de salir de su casa aquella mañana me miré al espejo. Horror. Había una marca en mi cuello. Visible, incapaz de ocultarse. Tras varios intentos y cientos de formas de intentar ocultar de algún modo aquel exceso de pasión fue imposible. Aquella marca saltaba a la vista de cualquier no experto. Habría que aceptar los hechos. Así nos presentamos de la mano en la facultad y… 2+2 daban 4 para aquellos compañeros y amigos que si bien dudaban de nuestra relación no se habían atrevido a preguntar. En aquel momento mi mundo inmediato reconocía quién era Ella.

El verano llegó rebosante de felicidad, íbamos a pasar la mayor parte del tiempo juntas y con un poco de maña y picardía, a solas. Conseguimos convencer a nuestros padres de que irnos de vacaciones juntas era la única y mejor solución, pues nadie más se apuntaba a un plan en la costa mediterránea para pasar una semana aprendiendo a navegar. Nuestro primer verano juntas.

Aquella semana era nuestra semana, alejados de todos y de todo, éramos nosotras y no nos importaban los demás… O eso se suponía que debía sentir. No sólo evitaba que nos vieran cogidas de la mano por la ciudad por miedo a encontrarme directamente con mis padres o con algún familiar, ese pequeño gesto despertaba entre gente poco deseable comentarios poco agradables cuando no violentos. No quería que eso sucediese y evitaba en la medida dar muestras públicas de afecto. El mundo no me importaba, pero tenía miedo de él.

Entre barcos y tablas de windsurf pasamos toda una semana a solas. Una de las últimas noches, con el resto de aventureros náuticos y monitores acordamos irnos de fiesta. La mayor parte de aquella reunión ignoraba nuestra relación, pues al poco advertí que uno de los monitores merodeaba mucho a su alrededor, sin embargo, ella coqueteaba inocentemente y a la vez sostenía fuerte mi mano, él no se daba cuenta. Ya de madrugada en la discoteca el monitor en cuestión se acercó al lugar en el que bailábamos y me preguntó al oído: “¿Cuántas posibilidades crees que tengo con tu amiga?”. Mi mirada debió de fulminarlo o al menos, desconcertarle, pero prosiguió: “En serio, del 1 al 10, ¿cuántas posibilidades tengo?”. Se admiten apuestas, ¿qué pensáis que dije en aquel momento?¿Respondí con un solemne tortazo e indignación o por el contrario respondí amablemente que perdía el tiempo? Ni una ni otra, en un razonamiento que aún sostengo como surrealista pero con base dije llanamente: 2. Él se dio por satisfecho y por vencido, al poco realmente se dio cuenta de que estaba pasando y Ella, sorprendida e indignada seguía sin comprender por qué no había dicho claramente que estábamos juntas. Aún tenía miedo del mundo, pero supe que eso debía cambiar.

El verano terminó temprano, los exámenes de septiembre llegaban y yo decidí invertir mis horas libres de estudio en repaso con tal de estar con Ella. El otoño pasó y la facultad nos separó en la distancia, la combatimos intercambiando momentos de bibliotecas y acompañándonos a la puerta de clase. Ya nuestros compañeros nos reconocían como alumnas de las facultades inversas y hasta profesores equivocados nos espetaban que debíamos entrar en clase. El invierno sucedió entre las calles de la capital en el frío de los últimos días de invierno y los primeros regalos. Mi primer cumpleaños con ella nos unía aún con más fuerza y nuestras escapadas a la playa, con la música a todo volumen mientras gritábamos al cantar, se hicieron más frecuentes.

Sin darnos cuenta del tiempo que había pasado llegó el año juntas y con la convicción de que a pesar de las dificultades que nos imponía la sociedad, nada nos separaría nunca. No se puede explicar ni describir qué sentíamos la una por la otra y ni siquiera voy a intentarlo, no puedo mostraros qué se siente por una persona cuando sabes que sin importar distancia o tiempo estás conectada permanentemente. Ya no hablas contigo mismo, siempre lo haces con ella. Sabes qué va a responder, sabes cuándo se enfadaría y no necesitas que esté a tu lado para eso.

La primavera trajo las fiestas y con ellas, las primeras sospechas por parte de mis padres. Refiero a mis padres porque en su casa lo comprendieron y aceptaron desde el primer momento. No fue necesario hablar ni explicar, vieron que Ella era feliz y fue suficiente. No obstante en mi casa la realidad distaba mucho de ésta. Ella nunca había sido bien acogida como parte de mis amigas íntimas y esta situación no iba a hacerla parecer mucho mejor. Este era el principal motivo para evitar a mis padres, éste y la absoluta certeza de que no estaban preparados para recibir una noticia así. El día que lo supieran mi mundo acabaría. Y esa es la lógica que imperaba en mi cabeza.

Para evitar sospechas infundadas recurrimos a toda clase de artimañas que incluían encuentros casuales con algún chico de la mano y actitud cariñosa. Todo era válido para que abandonasen las preguntas que les apremiaban. Incluso hasta Él colaboró. Sí, Él se había mantenido cada vez más al margen pero continuábamos viéndonos en el grupo de amigos. Más cercano a otras seguía recurriendo a mí para hablar de la chica con la que había salido (una niña de 17 años que al poco lo dejó) o sus problemas en casas y en la facultad. Se había vuelto más áspero conmigo y no podía culparle. Así que hacíamos todo lo posible porque no se sintiera incómodo, hasta colaboramos en encontrarle una nueva novia que lo alejó de nosotras definitivamente.

Volviendo a la historia principal, el verano llegó con su nueva época de exámenes pero con la promesa del viaje a la República Checa. Con la mente puesta en pasar los exámenes de largo y centrarnos en el viaje pasaron los días más calurosos. Una tarde volvíamos de nuestras compras pre-viaje hacia el barrio, caminando observamos la presencia de un pequeño grupo de futuros delincuentes juveniles y pasamos a su lado, forzaron un encontronazo y seguimos. Los dejamos atrás y continuamos de la mano hasta casa. Fue un instante. Una milésima de segundo. Vi como una chica flacucha y de unos 15 años se dirigía por la espalda hacia Ella, con la intención de cogerla por el pelo. Ella no se estaba dando cuenta y justo al instante en que iba a tocarla finalmente me abalancé sobre ella y la derribé. Quedó en el suelo debajo de mí, pataleando enfurecida mientras yo intentaba separarle las manos. Ella se dio cuenta de qué estaba sucediendo y corrió a parar los gritos y manotazos. De repente todo se difuminó, sentí que me tiraban del pelo y solo logré entrever que un hombre frenaba la patada que iba a recibir en la cabeza y se llevaba a aquel chaval. Me levanté y vi como la flacucha seguía intentando arañarla y alcanzarla y volví a abalanzarme sobre ella. Esta vez, contra una puerta. El golpe nos aturdió a las tres y desistió, su pandilla la recogió y se marcharon. Ella estaba bien, yo había perdido una lentilla y me sangraba el labio. Mi madre nunca creyó lo sucedido. Quizá porque no explicamos que sólo había un motivo: íbamos de la mano.

Yo que tenía miedo del mundo volví un poco atrás, pero juntas convenimos mantener las distancias en grupos difíciles e intentar seguir con la mayor naturalidad. Así llegó el otoño, de nuevo con sus exámenes y la vuelta a la facultad.

Preparábamos nuestros horarios a fin de encontrar momentos juntas. Desayunar aquí o allí, horas de biblioteca mientras esperamos. Un día tu facultad, otro la mía. En nuestro devenir uno de esos días, uno que no era especial, volvíamos de mi facultad para comer en casa. La acompañé, le besé y le dije que nos veríamos a las cuatro para estudiar. Un día como cualquier otro. Entré en casa y mi madre me recibió con cara extraña, desapareció en la cocina y me fui a mi habitación. Apareció en la puerta con una carta en la mano.

Ya sabéis el contenido de esa carta. Me desconcerté, me derrumbé y me avergoncé tantas veces en unos pocos segundos que no puedo recordarlo. Delante de mí mi madre buscaba mis palabras, esperaba mi respuesta… Yo me sentí como Pedro al cantar el gallo. Negué, renegué rotundamente de todo aquello. No podían enterarse así. Ese no era el modo. No era el momento. Y todas las mentiras que salieron por mi boca quedaron rondando por la habitación. Tuve un instante de duda, pero comprendí quién había hecho tal cosa. Sólo con el tiempo pude averiguar que aquello era parte de un juego cruel y una prueba de amor.

Tal y como mi madre abandonó el cuarto la llamé para contarle qué acababa de suceder. Fue corriendo al buzón, no había carta para ella. Cada día nos preguntábamos que sucedería, hasta que por fin interceptamos la carta dirigida a sus padres una semana después. Esta era mucho más burda pero igualmente dañina. Necesitábamos un respiro y por suerte pronto llegó la segunda de semana de Octubre y el puente. Mis padres habían decidido salir de viaje y podríamos pasar el tiempo juntas en mi casa, nadie más. Pasada la borrasca de ese suceso dejamos atrás las cartas “anónimas” y se trasladó aquellos breves días a mi casa. La última noche del puente volvíamos de fiesta cuando al entrar en mi portal leí un grafiti que rezaba:

“Mifune es una puta lesbiana”.

Segunda carta "anónima"

Acerca de Blogger-a-sueldo

No suelo seguir el curso normal de las cosas, eso siempre ha sido algo innato en mí.¿Por qué?A eso ya no podría responder, pero no es cuestión de rebeldía. Simplemente…es así. Hace ya un par de años, como viene siendo común, emigré de mis tierras queridas del sur para buscar una vida mejor en la capital. Pero no es todo tal y como lo cuentan. Da igual dónde te encuentres, becario eres y becario serás. Realmente deberían darle un “premio” a aquél que en su día dijo: “Vamos a poner a uno aquí que sea becario, así le pagamos una mierda y nos ahorramos una pasta y lo ponemos a currar como cualquier otro”. Bajo esta premisa, ¿qué hacemos? Una solución parece ser es emigrar a Alemania o buscar trabajo de amplio espectro (desde las cafeterías a las oficinas) porque para ser becario hoy en día necesitas como mínimo una licenciatura máster. Y digo como mínimo, porque ya hay personas que los acumulan, porque así al menos, tienes más papeles que malgastar para el cv…. Así que en la búsqueda de algunos eurillos que paguen las cañas de los viernes en la que maldecimos al mundo y ahogamos penas, decidí convertirme en blogger a sueldo. Ver todas las entradas de Blogger-a-sueldo

3 responses to “Up close & personal (Parte III) La época feliz

  • Boomer

    Plas, plas. Me alegra leer tu historia aquí🙂 Las partes malas me siguen indignando igual que el día en que me enteré. No pierdo oportunidad de reiterarte mi admiración por cómo manejaste la situación… You rock, pequeña Mifune😉

  • Blogger-a-sueldo

    Glad you stopped by to read it ^^
    La verdad es que no creo que haya nada admirable, las cosas pasaron así… Nada más

  • Lucía

    “El mundo no me importaba pero tenía miedo de él”. Gran frase. Y razonable, por lo que leo.

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