Raquel busca su sitio

Mi madre posee el instinto animal que caracteriza a todas las madres de la naturaleza, la sobreprotección de sus crías. Es algo innato en ella y probablemente la razón de que hasta casi mi mayoría de edad ni siquiera me permitiese realizar actividades veraniegas de campamento como cualquier otro niño. Yo bajo el manto ultraprotector de mi madre tuve que esperar hasta la mayoría de edad para realizar mis primeros viajes “en solitario”, es decir, sin control parental. Aunque he de decir, que el afán viajero me viene dado de familia, así que en ese aspecto mi curiosidad viajera no se lo tomaron muy a mal. Si bien tuve que luchar durante mucho tiempo para lograr mi semana de evasión al año.

¡Cuánto más tuve que pelear, discutir, berrear para alargar los horarios nocturnos! Ser la hermana menor es una dura carga y un legado nada soportable. Te convierte en la joya de la familia y por más que aparezcan velas en tus cumpleaños, siempre luces un vestido rosa y un lazo en la cabeza como si tuvieras seis años ante los ojos de tus padres. Eso es también inamovible.

 Conseguir la Erasmus fue todo un hito familiar, en primer lugar porque era la primera persona de mi familia en vivir en el extranjero y más importante aún, porque me alejaba de cualquier control y protección materna durante seis meses completos. Eso fue bastante duro de aceptar, sin embargo, a mi vuelta pareció más sosegada y me confería una mayor libertad de movimientos.

Mi madre no pudo ver cómo me graduaba, mientras yo recibía mi banda que me calificaba como licenciada ella estaba en la otra parte del globo, pues su plan de viajes fue muy anterior a la fecha de la graduación. Pero era la única en la familia que se licenciaba y aunque no haya ninguna foto mía con la dichosa toga, aquel momento era importante para todos. Una fuente de orgullo.

A partir de ahí, mi madre no cesó de animarme a buscar trabajo, quizá el verbo animar no es el más adecuado, pues aprovechaba todas las comidas para volver a insistir con la misma pregunta:”¿Cuándo te vas a buscar un trabajo?”. Y yo, con mi espíritu de Erasmus y estudiante eterno, prolongué todo lo prolongable ese estado, hasta que yo misma y un poco de suerte dieron con el fin esperado: trabajo. Bueno, en realidad una beca, pero era un trabajo. El paso más complicado era…que había que emigrar.

Tuvo que aceptar la idea de que la capital no está lejos y de que las llamadas, por suerte, son gratis. Hacerse a la idea de que la niña pequeña se va a vivir a otra ciudad a una edad más temprana que los demás, cuando ya no queda ninguno en casa es muy duro. El síndrome del nido vacío. Pero en ese momento, se trataba de ella y su pesar, y entendía que mi futuro me esperaba fuera de mi propia ciudad.

Mientras vivía en la capital y animada por mi trabajo-beca decidí comenzar un máster. Era un paso necesario, con posterioridad a lo habitual, pero con la confianza cómo para saber que era la especialización que quería tener. Así que mi madre vio cómo su hija, adelantaba a los estudios del resto de la familia y seguía estudiando. A la vez conjugaba dos cursos de japonés en ciudades diferentes y lo habitual era que sus llamadas irrumpieran en periodos de estudio, así que intentaba ser lo más breve posible (difícil en una madre) y colgaba pronto.

Todo tiene un fin, así la beca se terminó y comenzaron mis esfuerzos por buscar trabajo. Mi madre tenía una gran esperanza, pues después de toda una vida dedicada al inglés, una carrera superada, un máster y dos años en una institución de prestigio auguraban una buena carrera profesional. No obstante, el tiempo pasaba…lentamente.

Mi madre se alegró el día que volví a casa, a su casa, de manera indefinida. Volver a cuidar de su hija pequeña, de compartir pequeñas tareas y de tener a su hija de vuelta en casa era como la celebración del hijo pródigo. Ella sabía que era algo provisional, pero era bueno, porque yo estaba en casa, donde correspondía. Sin embargo, un día el mail llegó y tuve que volver a la capital con perspectivas de trabajo. Ella se entristeció, sabía que el momento llegaría pero no quería reconocerlo. Sin más ceremonias me abrazó en la estación y me dijo hasta pronto, esperando que con suerte, el futuro siguiera esperándome con suerte.

El día de la entrevista de trabajo llegó, mi madre esperó un tiempo prudencial y me llamó sin dilación para preguntar cómo había ido. ¿Qué iba a decirle? Sin respuesta a la vista, tendría que esperar. Así que me preguntó por el trabajo en sí, entre algunas cosas, quería saber cuánto cobraría. Le dije muy contenta: “600 euros brutos, mamá”. Ella se paró en seco.

“¿Eso vas a cobrar?¿No puedes buscar algo mejor?”. Aquella frase me quedó marcada, 600 euros en el rango de mi profesión es ahora mismo el tope al que se puede aspirar, siempre que esquives cualquier contrato de becario por convenio por el que con suerte te pagarán y más afortunado serás si supera los 300 euros (siempre a jornada completa). Sin embargo, eso ella lo desconocía y no le encontraba la lógica. “Mamá, es así, es lo único a lo que puedo optar”. Mi madre seguía desconcertada: “Pero si tienes una carrera y un máster y hablas idiomas, ¿cómo no vas a encontrar un sitio dónde te paguen el mínimo?”. ¿Qué podía decirle a mi madre? Fuera de toda lógica o sensatez, no hay respuesta posible. Soy parte de una generación de jóvenes más que preparados que nos ofrecemos como esclavos a un puesto de trabajo y se nos exige que demos las gracias, y lo consentimos.

Hoy mi madre me llamó y me dijo que seguía enfadada, no conmigo, sino con la situación, con un país que permite esa clase de explotación y me ha dicho que muy a su pesar, pues es lo último que quiere, que busque trabajo fuera de España y consiga una vida mejor.

Hoy he ido a la Puerta del Sol para conseguir un país diferente, un país en el que vivir.

#Nolesvotes  

Acerca de Blogger-a-sueldo

No suelo seguir el curso normal de las cosas, eso siempre ha sido algo innato en mí.¿Por qué?A eso ya no podría responder, pero no es cuestión de rebeldía. Simplemente…es así. Hace ya un par de años, como viene siendo común, emigré de mis tierras queridas del sur para buscar una vida mejor en la capital. Pero no es todo tal y como lo cuentan. Da igual dónde te encuentres, becario eres y becario serás. Realmente deberían darle un “premio” a aquél que en su día dijo: “Vamos a poner a uno aquí que sea becario, así le pagamos una mierda y nos ahorramos una pasta y lo ponemos a currar como cualquier otro”. Bajo esta premisa, ¿qué hacemos? Una solución parece ser es emigrar a Alemania o buscar trabajo de amplio espectro (desde las cafeterías a las oficinas) porque para ser becario hoy en día necesitas como mínimo una licenciatura máster. Y digo como mínimo, porque ya hay personas que los acumulan, porque así al menos, tienes más papeles que malgastar para el cv…. Así que en la búsqueda de algunos eurillos que paguen las cañas de los viernes en la que maldecimos al mundo y ahogamos penas, decidí convertirme en blogger a sueldo. Ver todas las entradas de Blogger-a-sueldo

4 responses to “Raquel busca su sitio

  • Marina

    Que razón tienes Raquel… Somos la generación más preparada y con el presente y futuro más negro. Lo peor es que lo consentimos. Menos mal que empezamos a movilizarnos! Un saludo guapa

  • Andres G.

    Desgraciadamente así es, por quedarnos en casa o cerca de ella nos arrastramos por un trabajo precario en el que se cobra una miseria. Cuando en otro lado llevaríamos trabajando años…

  • Elena

    Querida, dile a tu madre que venga a las manifestaciones. Porque no son los jóvenes sólo los que se manifiestan ni los únicos que tienen motivos para ello. Porque si una persona de 35 años tuviera un sueldo digno para formar una familia o comprarse una casa (si eso es lo que quiere) y no estuviera buscando aún su primer trabajo después de 200 becas y contratos en prácticas, ya no le llamarían JOVEN.
    Al igual que casi todos nuestros padres, a nuestra edad ya tenían casa, trabajo digno y familia. Porque los tiempos eran otros, o eso dicen, pero a mí sólo me suena a excusa. Los tiempos eran otros y no exigían tanto para independizarse. Mis padres con mi edad tenían 3 hijos, y yo, obviamente, ni los tengo ni querría tenerlos ahora. Pero mis padres con mi edad podían pagar una hipoteca con el sueldo de una persona, no como ahora, que parece que hay que casarse para poder comprar un piso. Y si calculas con cuantas mensualidades de tu sueldo podías pagarte un coche hace 25 años y lo calculas con la situación actual, lloras. Y te indignas.
    Afortunadamente, muchos de nosotros hemos aprendido a ser flexibles y, al igual que hace 40 años, no nos importa emigrar a Suiza o Alemania para hacer valer nuestro trabajo. Y, como ya sabes, mi madre al igual que la tuya, ya me dijo “Elena, aunque yo no quiera, vas a tener que irte”
    Yo quiero a mi país, por mi familia y mis amigos, por mi cultura, por mi idioma. Pero después de vivir fuera y ver que otras cosas son posibles, me avergüenza profundamente. Y me indigna.
    Siento haberme enrollado.

Y tú qué?

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