Teléfono rojo: volamos hacia Moscú

Diez.

Realmente son tan sólo diez los días que llevo en mi nueva tierra. Es un contador meramente informativo, pero me ayuda a situarme tanto en espacio temporal como físico. Al cumplirse inevitablemente que E=mc2 y ser el tiempo relativo, podría decirse que han transcurrido demasiados días o que apenas he aterrizado en esta patria prestada.

Será porque al valor de marcharse siempre le acompaña el miedo a llegar o porque las despedidas se eternizan en la agonía de la cuenta atrás, permanezco en una especie de limbo mental. No es adaptación al medio extraño lo que me desacelera, sin embargo describir toda una serie de convenciones ajenas a mi habitual rutina diaria se me hace enormemente perturbador. Resalto: me resulta complicado el hecho de organizar ideas y traspasarlas a frases, reordenar las palabras y dejar claro todo aquello que percibo con ojos de curiosidad infantil; no el mero acto de distinguir qué es diferente a mis tradiciones. Para detectar lo diferente nunca me ha faltado aliciente y la capacidad de sorpresa quizá puedo confirmar que aumenta con los años.

Así me presento por escrito tan sólo diez días después y apenas sé qué decir. He llegado directamente para imbuirme en otro idioma y otras costumbres y lo he tomado con tanta naturalidad que es el principal hecho llamativo de mi corta estancia (aún).

Moscú es una ciudad que se expande en todos sus sentidos, es un monstruo que crece vertiginosamente con nuevos rascacielos que le dan un aire neoyorquino, con brazos en forma de barrios residenciales con cierto aire soviético y de bloques de hormigón descomunales que desafían la verticalidad de la ciudad; a su paso se sortean ríos y se abren bosques que hacen las veces de parque y paraje natural en medio de tanto cemento. En esta entrada uno ya puede intuir que si en esta urbe existen varios anillos con avenidas de 14 carriles, el tráfico no será un asunto para tomarse a la ligera. Así precisamente fue mi entrada.

Unas horas de mal sueño, de incomodidad entreverada entre las ganas de llegar y la indolencia de partir, dos maletas cargadas de suposiciones y por si acasos y una mochila a la espalda que si no ha causado mella o contractura, será por falta de descanso del cuerpo.  En el asiento trasero de un taxi, apoyada en la ventana debatiéndome entre observar carteles en un idioma que me esfuerzo por desencriptar o echar una pequeña cabeza y descansar la vista como dicen las madres. Alternando opciones y tras 2 horas y media de trayecto entre atasco y atasco conseguí llegar a lo que desde aquel momento es mi casa.

La bienvenida a este país me la dio una señora serbia, con escasas palabras en español pero con un conocimiento mucho mayor que el mío sobre el idioma local o el serbio en cuestión. Ejemplo de que las miradas y una sonrisa basta para hacerte sentir que “has llegado” y que como las madres de todo el mundo, hasta que no te pone algo de comer por delante no te deja ir a descansar. Dormir y reorganizar fue mi primer día. Acostumbrarme a una nueva habitación, mi nuevo espacio, la ventana que asoma a los 14 carriles, los letreros cirílicos… Adaptarse a todo lo nuevo… nuevo para mí.

En algunas ocasiones recuerdo haberme despertado con la incertidumbre de reconocer en qué lugar estaba, desde la mera localización de la ciudad o reconocer la pertenencia de la cama, sin embargo, por más que la luz madrugadora de Moscú me abrió los ojos nunca he sentido esa extrañeza de desconocer dónde estoy. Ni siquiera la primera noche.

Las primeras incursiones para inspeccionar el terreno no pudieron tener mejores condiciones, soleado y caluroso. Este es el Moscú que sólo algunos conocen, el que te deslumbra por la luz y el colorido una vez la nieve ha dejado paso al manto verde multicolor en cada rincón de la ciudad. Recorriendo el río Moscova y el parque Kolomenskoye se derrumbaron todos los prejuicios e imágenes preconcebidas de esta ciudad. Los mantos de tulipanes o los manzanos en flor bien podían teletransportar la mente hacia Holanda o Japón, pero la esencia física está aquí y siente y padece el clima moscovita.

La climatología es quizá lo más característico de este país, pues como he dicho, el estereotipo es generalizado y asociado al frío y no obstante, se debe resaltar la capacidad de cambio e imprevisibilidad  del pronóstico meteorológico de Moscú en particular. Cuando hace frío, hace frío y es innegable, pero ésta es una ciudad de máximas para todo. A la llegada del calor, que acontece repentinamente en el mes de mayo le acompañan lluvias y bajadas de temperatura imprevistas que hacen que los pronósticos sean inservibles a más de 48 horas, si es que llegan a ser estables durante 48 horas. Del calor que varios días sobre 25º provoca en el asfalto recalentando el ambiente, se pasa a una lluvia torrencial, vuelven a subir las temperaturas y al siguiente día descienden mientras las nubes que se avecinan auguran una buena tormenta que nunca llega a suceder… Así de imprevisible y caprichoso es el tiempo en Moscú.

El comienzo de la jornada laboral me llevó a conocer otro de los rasgos peculiares de esta nación, pero en esta ocasión, es por la naturalidad inherente de sus pobladores ante la exhibición del cuerpo o la incansable atracción por la pose ante las cámaras. Podéis intuir que esto es sobre todo y casi en exclusiva perteneciente a las mujeres.

Al par de días de encontrarme en una feria sumergida en contactar con empresas locales y analizando mis fotos reparé en aquello que había estado viendo pero sin observar una y otra vez: las azafatas sugerentes y provocativas de cada stand que servían como llamada de atención a los visitantes, bien fuera para fotografiarse con ellas e inmortalizar un sueño erótico frustrado o por el simple disfrute de la vista. Fuera como fuese quedaba patente que el tacón vertiginoso y la escasez de vestimenta no incomodaban ni a las modelos ni a los visitantes, y en esto hay que matizar, al visitante extranjero, pues como he podido seguir investigando los rusos no se dejan seducir por sus mujeres por menos ropa que puedan vestir o altura imposible que puedan alcanzar.

Esta parte de exhibicionismo enlaza con mis momentos turísticos en los que los mejores lugares para realizar la foto exacta y perfecta quedaban ocultos tras las sesiones de fotos amateur que rusa tras rusa realizaban como si un equipo de fotógrafos profesionales fueran a inmortalizarlas para la portada de Vogue o Vanity Fair. Quedaban claras dos observaciones: la primera es que las memorias digitales son de gran capacidad en este país y la segunda y más relevante, a las rusas les encanta posar y lucirse. Esto último ha sido corroborado por nativos y expatriados de larga trayectoria.

Las rusas por sí solas darían para escribir más de una tesis doctoral y se merecen más de un post en exclusiva, no obstante y para no seguir acaparando vuestro tiempo y capacidad de atención lectora os dejo con una de mis apreciaciones tempranas: me siento pequeña. Mi estatura media-tirando-a-baja española aquí se ve como defecto de fábrica, pues entre la estatura natural de las mujeres rusas y su pasión por el tacón, me es difícil encontrar a una igual a la que mirar a los ojos. He de decir, eso sí, que cada vez más se extiende el uso del zapato plano o que cada vez menos, el stiletto se usa las 24 horas del día.

Próximamente más…

Acerca de Blogger-a-sueldo

No suelo seguir el curso normal de las cosas, eso siempre ha sido algo innato en mí.¿Por qué?A eso ya no podría responder, pero no es cuestión de rebeldía. Simplemente…es así. Hace ya un par de años, como viene siendo común, emigré de mis tierras queridas del sur para buscar una vida mejor en la capital. Pero no es todo tal y como lo cuentan. Da igual dónde te encuentres, becario eres y becario serás. Realmente deberían darle un “premio” a aquél que en su día dijo: “Vamos a poner a uno aquí que sea becario, así le pagamos una mierda y nos ahorramos una pasta y lo ponemos a currar como cualquier otro”. Bajo esta premisa, ¿qué hacemos? Una solución parece ser es emigrar a Alemania o buscar trabajo de amplio espectro (desde las cafeterías a las oficinas) porque para ser becario hoy en día necesitas como mínimo una licenciatura máster. Y digo como mínimo, porque ya hay personas que los acumulan, porque así al menos, tienes más papeles que malgastar para el cv…. Así que en la búsqueda de algunos eurillos que paguen las cañas de los viernes en la que maldecimos al mundo y ahogamos penas, decidí convertirme en blogger a sueldo. Ver todas las entradas de Blogger-a-sueldo

One response to “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú

Y tú qué?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: