¡Oído cocina!

La cocina. Si sólo digo esa palabra algunos imaginarán  la gastronomía, el arte culinario, pues cada obra que se degusta y que da placer es todo un arte y una proeza, uno mucho más allá del estético y que inunda los sentidos. Sí, atendiéndonos siempre a la premisa de algo cocinado con esmero. Otros van a entender el lugar de la casa dónde se guardan los alimentos (sí, hay quien hace acopio en otros lugares, pero podríamos alegar con toda certeza que ese tipo de persona está cerca de padecer algún síndrome). A los últimos, la cocina será simplemente el aparatejo en el que guisar. Esta acepción es más pobre en significado y más aún en espíritu, sin embargo, no menos cierta.

A mí, la acepción de arte me embelesa, pero eso es derivado de mi adhesión a las artes en general y trato de banalizarlo porque el término arte está rodeado de demasiado esnobismo y pedantería. Así que despojándonos de lo artístico me gusta pensar que es una forma de vida y la mejor manera para conocer verdaderamente a una persona.

La cocina es una parte fundamental de la vida, el espacio vital más importante de la casa y la experiencia más compartida en sociedad. Desde pequeña he contemplado la cocina como el lugar en el que suceden las cosas importantes, el punto de encuentro; allí se habla sin conservar las distancias, la conversación es fluida y variada y mientras tanto hay ollas que silban, agua que corre del grifo, manos que van de un lado a otro sin descansar… La cocina da vida a una casa y se convierte en un pequeño lugar sagrado con sus propios rituales: primero lavarse las manos, recogerse el pelo si es demasiado largo, lavar la verdura… Es una escuela en la que aprendes apenas sin darte cuenta: a esperar a que el aceite esté caliente, a distinguir cuándo la cebolla está lista, a reconocer cuándo el bizcocho está listo, a tener paciencia y persistencia para lograr una buena bechamel… La cocina es un aprendizaje continuo y un desafío a la imaginación y a las normas establecidas. No obstante, no es por esto por lo que más me apasiona.

Apenas tengo recuerdos de la tierna infancia, pero aquellos que poseo me remontan a la cocina. A aprender a leer mientras mi madre cocinaba, a enfurecerme y llorar de rabia frente a un plato que no quería comer, a pasar las horas dibujando mientras mi madre fregaba, a corretear entre las piernas de mis tías en verano… La cocina es un espacio común y un lugar para las mujeres. Así ha sido en mi experiencia, entre madre y tías y primas y cuñadas, los hombres eran destinados a tareas menos destructivas y peligrosas que dejarlos cerca del fuego.  Y aunque las escenas cambian, está estampa femenina se mantiene en muchos casos. En realidad sigo sin comprender porque la mayoría de los hombres prefiere apartarse de este lugar central, si es aquí dónde las mujeres se encuentran.

Hablo de la cocina de mi madre como el lugar en el que ella solía estar, y por ende centro del hogar. No obstante, el hecho de que ella fuera la encargada de cocinar no ha sido por su propia elección o regocijo. Si bien era una situación social o un deber del rol de madre, a ella la cocina nunca le ha parecido un placer, sino una obligación. Alimentarnos era una tarea, pero disfrutar de su realización ni siquiera era concebible. ¿Por qué me parece a mí toda una pasión? La respuesta desde luego no la voy a hallar en la tradición familiar.

Recuerdo mi primer intento culinario con unos 16 años, para deleitar a mis amigas realicé todo un experimento de nouvelle cuisine italiana: risotto de fresas. Fue un completo fracaso. Así de simple y llano, aquella masa uniforme color morado ni apetecía probarlo a la vista, ni merecía nadie un castigo tal como comerlo. Por suerte y de forma inconsciente salvé un tanto la ocasión con una ensalada de pasta. Receta de mi madre que se convirtió en la petición general para todos los picnics y excursiones. Abandoné por aquel entonces la investigación gastronómica y me especialicé primero en la ensalada de pasta y más tarde en los sándwiches vegetales con salsa rosa. Otro hito en mi trayectoria culinaria.

Aunque este ataque cocinero fue repentino, no es por sí sólo una razón para dedicarse a la cocina. Años más tarde ahondé en mis inquietudes gastronómicas por dos motivos diferentes: en primer lugar, si no cocinas no puedes opinar o elegir tu menú y en segundo lugar, si no hay nadie más que se ofrezca, alguien tiene que hacerlo. Esto en realidad son los principios universales por los que el hombre (tomado como humanidad) cocina, no por cualquier otro. Responde simplemente al acto de alimentarse, más allá de ir al supermercado.

Así que estamos ante dos factores: de un lado la necesidad de alimento y de otro la curiosidad experimental. Falta quizás el más importante y necesario de todos: la pasión por comer. Sin el deleite que provoca la comida no se llegaría hasta el propio origen de los alimentos. No es que sea requerimiento de la comida disfrutar en su realización, pero sí es inevitable la atracción por la gastronomía para poder dedicarte a cocinar. La gula se convierte en todo un tormento, pues conforme pasan los años más insaciable es mi inquietud por probar y conocer nuevos condimentos y alimentos, y más incontrolable es el ansia de dedicarme a este placer tan terrenal. No sin su cierto grado de culpabilidad, pues todo placer conlleva su pequeña condena.

Tomemos entonces el disfrute de la gastronomía en toda su magnitud para situarnos en la premisa que anuncié previamente: la cocina es un lugar excepcional de conocer a una persona. Allí puedes distinguir entre la seguridad de una persona a la hora de tomar el mango de una sartén o descubrir la naturalidad con la que se desliza entre las especias sin reparar en nada a su alrededor. El carácter es algo fácilmente reconocible en la cocina: el dictatorial (a mí misma han llegado a evitar en ciertos ataques culinarios); el sumiso que acepta las órdenes sin cuestionar; el tradicional que no está dispuesto en salir de las recetas establecidas; el innovador que desea experimentar a cada momento; el caótico que no guarda orden ni sentido para los demás; el meticuloso que corta a la perfección y controla cada proceso; el ordenado que limpia a cada paso; el egoísta, el pasota, el atrevido… Al ser un lugar para colaborar, la cocina aúna las vivencias en un solo espacio, y de entre todas las actividades sociales, cocinar y compartir este lugar vital, te aporta más información de la persona con la que te encuentras que horas de incontable conversación. Descubres cómo son las personas y cómo reaccionan en silencio y a tu lado en una conjunción armoniosa; desde aquella persona capaz de sobreponer una tragedia de comida ennegrecida por un descuido, a ser capaz de reconocer un error funesto o hasta aquella que a falta de gracia natural persiste en su empeño por cocinar. Aún recuerdo una cena romántica con unos canelones a medio hacer, pero un hito de gran insistencia personal, sobre todo al comprobar años después que la persistencia en cocinar bien sobrepasa la carencia innata. Así que la experiencia me dice que quién persevera puede lograr sus fines. Al menos, casi todos ellos.

Están los que piensan en todo y en los demás, aquellos que se quedan en un segundo plano (para nada secundario) para colaborar y estar pendientes del resto: limpiar lo que haga falta, llevar los platos o el acto más honorable que se puede apreciar en una cocina: servir una copa al que cocina. Después de horas entre encimeras y candelas, del trasiego del ir y venir de compañeros o invitados hay dos escenas diferentes para una cocina: la cocina bulliciosa y neurálgica en la que se bebe y conversa mientras se prepara la comida que no es sino el final de toda esta liturgia, o la cocina de la soledad del cocinero. Esta última es sin duda la más nefasta, pues en el fondo de la cocina se basa el disfrute de la vida social, la compañía. Y la cocina deshabitada es la escena más terrible que se puede encontrar.

Esta es mi apreciación por la cocina, el lugar sagrado de la gastronomía donde los alquimistas preparan sus recetas secretas, fantásticas y maravillosas. Evidentemente es una valoración personal, pues no creo ser capaz de suscitar la pasión por ella a través de estas palabras ni por las que callo para no agotar al personal. Sin embargo, si no os gusta cocinar, por cualquier motivo, atreveos a adentraros en ese espacio misterioso al menos, para ser testigos de la magia que convierte un alimento en delicia y a un compañero en amigo.

Acerca de Blogger-a-sueldo

No suelo seguir el curso normal de las cosas, eso siempre ha sido algo innato en mí.¿Por qué?A eso ya no podría responder, pero no es cuestión de rebeldía. Simplemente…es así. Hace ya un par de años, como viene siendo común, emigré de mis tierras queridas del sur para buscar una vida mejor en la capital. Pero no es todo tal y como lo cuentan. Da igual dónde te encuentres, becario eres y becario serás. Realmente deberían darle un “premio” a aquél que en su día dijo: “Vamos a poner a uno aquí que sea becario, así le pagamos una mierda y nos ahorramos una pasta y lo ponemos a currar como cualquier otro”. Bajo esta premisa, ¿qué hacemos? Una solución parece ser es emigrar a Alemania o buscar trabajo de amplio espectro (desde las cafeterías a las oficinas) porque para ser becario hoy en día necesitas como mínimo una licenciatura máster. Y digo como mínimo, porque ya hay personas que los acumulan, porque así al menos, tienes más papeles que malgastar para el cv…. Así que en la búsqueda de algunos eurillos que paguen las cañas de los viernes en la que maldecimos al mundo y ahogamos penas, decidí convertirme en blogger a sueldo. Ver todas las entradas de Blogger-a-sueldo

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