What ravages of spirit…

Llevaba días con la incómoda sensación de que olvidaba algo, algo que debía suceder por estas fechas y que planeaba por mi subconsciente como en un intento por aterrizar sobre un área de mi cerebro más despierta. Sentía que se me escapaba una fecha señalada que no conseguía descifrar entre mis recuerdos. Hoy una de esas casualidades en las que no creo ha provocado que evoque esta historia y me ha sorprendido con lágrimas que creía ya olvidadas. Normalmente las historias tristes las emborrona el tiempo para guardar sólo los momentos que fueron buenos y sin embargo, a pesar de haberse llevado varios años sin salir del cajón de mi memoria, he vuelto a rememorar su historia triste y el recuerdo salado que me dejó. No es casualidad como digo, mañana será su cumpleaños.


Había una chica. Siempre la hay. Era el último curso del colegio y nos preparábamos para adentrarnos en el mundo de instituto. Era el mejor curso, pues además éramos las mayores y podíamos disfrutar de cierto estatus entre el resto de alumnos. No sé cómo comenzamos nuestra amistad, ya que apenas coincidíamos en clase o en los recreos. Ella era muy reservada, de pocos amigos, muy inteligente y aplicada. Yo era más vivaracha y enérgica, intentaba organizar más fiestas, teatros o juegos encandilando a alumnas de otros cursos inferiores si era necesario, todo con tal de no estar quieta y aprovechar ese último año. Pero lo cierto es que en algún momento que ya no recuerdo nos acercamos. Ella con su humor ácido y yo con mi borderío natural conectamos muy pronto. Demasiado.

Dejar el colegio es traumático, no de forma grave y con secuelas, sin embargo dejas todo lo conocido, tus amigas o no amigas pero compañeras desde pequeñas, para incorporarte a lo extraño. Ese mundo de instituto que creemos como el libertinaje sin uniforme. Para mí pensar que iríamos a institutos diferentes me desgarraba. A pesar de no hablar entre los pasillos del colegio tenerla cerca me calmaba y los fines de semana no serían suficientes, ahora que además se intuía que tendríamos que dedicar parte de ese tiempo a estudiar. Al menos tendríamos el verano para disfrutar.

Ese verano fue genial. El de ir a la playa sin el control obsesivo de los padres. El de los chupitos de evitar la risa floja para aparentar ser mayor de edad. El de comenzar a usar los móviles cuando no nos teníamos cerca… Por aquella época y a pesar de su carácter taciturno conseguí que se animara a salir con mi grupo de amigas. Era el tiempo en el que la mayoría estaba emparejada y cada vez fue más habitual vernos a las dos juntas comentando mordazmente las hazañas de sus novios. Como he dicho, su humor ácido y mi borderío iban al unísono. A nadie le extrañó, por supuesto, que mis sentimientos fueran más allá de la amistad. A pesar de que por aquel entonces no se podía hablar con naturalidad sobre este tema y se quedaba en la mente como una atracción perturbadora por tu mejor amiga. Lo más curioso es que tampoco dudaron de su particular adoración por mí.

La llegada de septiembre fue temible. Nuevos amigos por hacer. Nuevo instituto. Nuevo horario… lo peor era sin duda la distancia que nos separaba. Sin embargo, conseguí hacer un hueco los miércoles para terminar antes y escapar a verla en su segundo recreo. Eran sólo 10 minutos y tenía que correr para poder llegar desde mi escuela a su instituto, pero era el único momento de la semana en que nos veíamos y bien merecía la pena.

Recuerdo el último miércoles que corrí para verla. Esperando en la puerta, como de costumbre, me encontré primero con otra amiga con la que charlaba hasta que apareciese ella. La vi bajar agarrada de la mano de un chico alto y delgaducho. Lo soltó y se dirigió hacia mí. En pocas palabras me dijo que se iría con él detrás del instituto para que no lo viesen el resto de los compañeros.
Oí como la sangre dejaba de bombear y se iba helando como nitrógeno líquido por mis arterias. Tragué como pude. Me despedí en lo que creí era la forma más digna y nunca más volví. Alguna vez me preguntó por qué ya no aparecía. Simplemente le respondí que ya no tenía tiempo.

Pero no es la historia de un corazón adolescente roto.

A pesar de su nueva vida de instituto y de medio novios manteníamos nuestros encuentros de fin de semana. Salíamos normalmente con mis amigas, que la toleraban por la simple sospecha más que acertada de que mi devoción por ella no era simple amistad. Con una de mis amigas llegamos a ser el trío de las fijas, las que siempre quedaban para ir a discotecas o simplemente salir. Ya que el resto seguía ennoviada. Y salir por la noche conllevaba en muchas ocasiones a dormir juntas, lo que en el fondo me reconfortaba.
En este ir y venir de salidas nocturnas nos pasamos varios meses en los que, dejando a un lado mis celos por sus pretendientes, puedo decir fue una buena época.

Una tarde hubo reunión de compañeras del colegio. Era momento de rencuentro con amigas o con personas que preferías no volver a ver y lo único que recuerdo es que, haciendo gala del poco presupuesto adolescente terminamos como todos los demás en la típica hamburguesería. Había quien se estiraba en todo un menú o quien apuraba las ofertas. Fue aquí cuando una amiga me llamó la atención: ella no se pedía nada. Es más. No conseguía recordar ninguna imagen en la que ella apareciese comiendo. Como la primera fase del duelo es la negación abandoné estos pensamientos durante un tiempo hasta que me choqué de lleno con ellos.

Una llamada de medianoche: una gran pelea con su madre y necesitaba asilo. Evidentemente tenía las puertas abiertas cuando quisiera. Pero no era gratis, debía contarme qué había pasado. Aunque en realidad, yo sólo esperaba su confirmación. Llevaba meses sin comer y cuando lo hacía, vomitaba. Una losa de mármol invisible cayó sobre mí en aquel instante. Aquella noche no dormí y tuve que poner música de fondo para resistir con las fuerzas que no tenía mientras ella sollozaba agarrada a mí. Por la mañana la acompañé a su casa. Me despedí con el amago de besarla en la boca. Corrí de vuelta a casa. Recuerdo ver a mi madre en el salón y a duras penas contarle la situación. Comencé a llorar. Tanto que hasta mi madre en un abrazo me preguntó si lloraba por una amiga o por algo más. Realmente no habría sabido responder.

Después de aquel día había 2 posibilidades para continuar: la positiva por la que reconocía que estaba enferma y así podía empezar a recuperarse y la negativa en la que esto sólo era el principio. Pues en realidad, fue la mezcla de las dos. Desde aquel instante mis esfuerzos eran en mantenerla ocupada y conmigo, ya que yo era la única persona a la que no mentía y con la que se sentía en confianza para hablar y comer un poco. Pero se había adentrado en una espiral de autodestrucción.

Se convirtió en un esqueleto relleno de mentiras, con ojeras y mal humor, impulsiva y en ocasiones violenta. Las recaídas las pasaba encerrada en el baño y lamentándose escribiéndome que lo sentía por haberlo vuelto a hacer. Yo no me despegaba del teléfono, esperando el momento en que ella me dijese dónde estaba para ir a su encuentro y calmarla. Comencé a confabular a escondidas con su hermana para poder controlarla y alejarla de su madre, que a primeras era el factor más nocivo que la rodeaba. La retenía cuando intuía sus arrebatos de enferma. Yo era su paréntesis del resto del mundo. Tanto es así que su imagen deforme desde el espejo me identificó como enemiga a eliminar.

Los mensajes a deshora se llenaron de insultos. Los encuentros para reconfortarla en golpes. Quería alejarme de ella, no soportaba enfrentarse a mí. En los momentos de lucidez lo hacía para ahorrarme sufrimiento, en otras porque se avergonzaba de que la viese en ese estado. En el frenesí de la enfermedad no quería a su lado a nadie que pudiese frenar sus avances.
Durante meses aguanté, casi en silencio, su distanciamiento y la impotencia de no poder hacer nada para remediar ni su enfermedad ni su desprecio por mí. Dejó de responder a mis mensajes. Rechazó verme, escondiéndose incluso en su cuarto sin aceptar a atenderme en su casa. Cambió de amigos. Me dejó a un lado.

Sin embargo no perdí la esperanza. En su cumpleaños, a pesar de la duda le escribía de madrugada para felicitarla. Ese día parecía como si nada hubiese sucedido, siempre había una respuesta socarrona y un mensaje similar en el día de mi cumpleaños. Durante 10 años sin falta escribí cada 24 de octubre a ese número de teléfono que aún recuerdo.

El décimo año fue diferente, decidí que era hora de pasar página tras una década de sólo sufrimiento y me aventuré a escribirle lo que nunca me atreví a decirle. No sé si llegó a recibirlo, si lo leyó y derramó alguna lágrima por mí como yo tantas veces lo hice por ella o si se rió al reconocer un mensaje tan pueril. La amé como una obsesión y nunca tuve el valor de declarárselo. Pero ese mensaje no lo escribí porque ella lo reconociese finalmente, ni siquiera esperé su respuesta, ese mensaje lo escribí por mí y por lograr que su historia descansase en paz en mi memoria.

De ella sé que perdió un curso del instituto, que mejoró y se enamoró, que vive supuestamente en Francia y tengo entendido que es feliz. Yo su historia triste aún la recuerdo como una gran lección, y es que el dolor, cuando no es verdugo es el mejor maestro.

PS: Feliz cumpleaños allá donde estés.

 

 

 

Acerca de Blogger-a-sueldo

No suelo seguir el curso normal de las cosas, eso siempre ha sido algo innato en mí.¿Por qué?A eso ya no podría responder, pero no es cuestión de rebeldía. Simplemente…es así. Hace ya un par de años, como viene siendo común, emigré de mis tierras queridas del sur para buscar una vida mejor en la capital. Pero no es todo tal y como lo cuentan. Da igual dónde te encuentres, becario eres y becario serás. Realmente deberían darle un “premio” a aquél que en su día dijo: “Vamos a poner a uno aquí que sea becario, así le pagamos una mierda y nos ahorramos una pasta y lo ponemos a currar como cualquier otro”. Bajo esta premisa, ¿qué hacemos? Una solución parece ser es emigrar a Alemania o buscar trabajo de amplio espectro (desde las cafeterías a las oficinas) porque para ser becario hoy en día necesitas como mínimo una licenciatura máster. Y digo como mínimo, porque ya hay personas que los acumulan, porque así al menos, tienes más papeles que malgastar para el cv…. Así que en la búsqueda de algunos eurillos que paguen las cañas de los viernes en la que maldecimos al mundo y ahogamos penas, decidí convertirme en blogger a sueldo. Ver todas las entradas de Blogger-a-sueldo

One response to “What ravages of spirit…

  • mandragora

    ¡Felicidades! allá donde esté…. Este post tiene la misma esperanza que las margaritas enviadas a una dirección lejana, con la esperanza de que alguien las siga recibiendo año, tras año.

    Un brindis por los buenos recuerdos y las personas que siempre querremos.

Y tú qué?

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